
Foto de Ignacio Conejo, en Flickr.
Estoy un poco cansada del tema de los toros. Claramente la consulta popular fue una burla para todos los que votamos; más aún, la reforma a la Ordenanza Taurina no dejó satisfecha a nadie: muy por el contrario, taurinos y antitaurinos nos sentimos afectados por las medidas de los Concejales y el alcalde Barrera. Lejos de beneficiar a alguna de las dos partes, los políticos se quedaron en el centro, sin cruzar ninguna línea, saliéndoles el tiro por la culata y consiguiendo en el electorado el mismo sentimiento: repudio y rechazo por cada uno de ellos.
Las últimas publicaciones del Diario Hoy dejan al descubierto las ‘patadas de ahogado’ que intentan dar para salvar sus intereses económicos, no solo por parte de los involucrados en la Feria Taurina Jesús del Gran Poder: haciendas ganaderas, empresas que auspician el evento, CITOTUSA, sino también por parte de algunos medios de comunicación que intentan conservar sus beneficios económicos y su gran tajada del pastel.
Antes de dar un recorrido por las “publicaciones” del Diario Hoy, vale la pena mencionar algunos detalles, como algunos datos que dieron pie a la consulta popular y luego a la reforma de la Ordenanza.
Durante años –y antes de pensar en la consulta popular– se habló de que la mayoría de quiteños eran antitaurinos. Pese a las encuestas realizadas y al porcentaje de personas que se manifestaban en dicha encuesta a favor de abolir las corridas de toros, nadie los escuchó. En 2010, el Presidente Rafael Correa anunció una consulta popular que, entre varios otros temas, preguntaba sobre las corridas de toros, pero lejos de querer abolir tan retrógrada “tradición”, se quería abrir el debate.
La pregunta 8 que se sometió a consulta, tras las modificaciones de la Corte Constitucional, decía:
“De la prohibición de matar animales en espectáculos. ¿Está usted de acuerdo que en el cantón de su domicilio se prohíban los espectáculos que tengan como finalidad dar muerte al animal?”
La pregunta original, formulada sin esconder la información decía:
Con la finalidad de evitar la muerte de un animal por simple diversión, ¿Está usted de acuerdo en prohibir, en su respectiva jurisdicción cantonal, los espectáculos públicos donde se mate animales?
A mi juicio, habría sido lo apropiado preguntar directamente, pero según la Corte Constitucional esta pregunta, la original, inducía a votar sí. Y es obvio. ¿Quién en su sano juicio querría asistir a presenciar la muerte de un animal por simple diversión? Suena hasta maquiavélico cuando se lee en voz alta. No importa si son públicos o privados los espectáculos, la finalidad es la misma.
Por razones políticas o verdaderamente animalistas, en Quito en la pregunta 8 de la consulta popular ganó el sí, con el 51% de votos a favor de prohibir los espectáculos públicos que tengan como finalidad dar muerte al animal.
Nuestros Concejales, tan inteligentes, lejos de querer perder las “regalías” por la prohibición de los espectáculos que tuvieran como fin matar al animal, reformaron la ordenanza. Sí, toda la corrida es igual, excepto la estocada final, pero ojo, el animal todavía es “sacrificado” en los chiqueros, luego de salir de la plaza. Y nuestro Alcalde, aquel que habló de no apoyar la Feria, lejos de pronunciarse al respecto, cambió su discurso por el de “tolerancia”.
Con estas pequeñas reseñas, puedo continuar hablando sobre los “artículos” del Diario Hoy.
“La tauromaquia no es tortura“
En esta nota, Hoy nos dice que “entre los manidos y absurdos argumentos que los abolicionistas utilizan para atacar la tauromaquia, uno de los más utilizados, tan demagógico como falso, es el que intenta hacer creer a los incautos y bienintencionados que la lidia del toro supone una tortura para el animal”.
No señores. No creemos que la lidia del toro supone una tortura. Lo sabemos. Basta con haber estudiado “algo” en el colegio para saber que cualquier ser vivo que tiene un sistema nervioso central sufre cuando es herido. Hablan irónicamente de la tortura como “maltratar y vejar (…) a animales enjaulados para sacar un disfrute sádico solo propio de desequilibrados”. Posiblemente los toros no estén enjaulados, pero sí cercados: en una plaza de toros de forma circular, que no les permite huir; y si la muerte de un animal por diversión no tiene un tinte de disfrute sádico, propio de los desequilibrados, imagínense ahora que, según ellos, la muerte no es la finalidad: la nueva finalidad, ¿es la tortura per se?
En algo tienen razón: el toro no es un ser inerme ni indefenso, sino una bestia agresiva de media tonelada, con fuerza suficiente para volcar un autobús y con dos afiladas armas en su cabeza capaces de atravesar un cuerpo de parte a parte. Pero nunca he visto ni he sabido de un toro que, criado con cariño y respeto, ataque a una persona sin sentirse atacado.
Y la valentía del torero… ¿Qué torero puede sentirse valiente atacando a un toro herido para darle muerte?
Luchar de igual a igual… el toro va con armado con sus cuernos, le destrozan los músculos del cuello para que baje la cabeza. No lo ataca el torero, primero salen los picadores con armas, luego las banderillas… para que luego, ese “hombre valiente” se enfrente con una espada –de casi un metro– a una bestia de 500 kilos que se ahoga en sangre y ¡casi no puede respirar! ¡Vaya! Suena realmente artístico y heroico.
“El Toro merece morir en el ruedo“
“El toro bravo tiene que morir con dignidad, en el ruedo y no en los chiqueros”, según Enrique Ponce, torero español. Yo les pregunto: ¿quién merece morir: los animales, porque carecen de derechos?, ¿los psicópatas, violadores o asesinos en serie?, ¿los pederastas?
El tema de morir con dignidad ha abierto varios debates, pero siempre el debate de la muerte es alrededor de los humanos. Se habla de morir con dignidad, pero esto necesariamente implica el no tener una muerte horrible y dolorosa; se entiende que es ante una agonía eterna causada por una enfermedad terminal. La eutanasia es una forma humanitaria para terminar con el sufrimiento y aceptada en animales. Pero si los toros llegan sanos a la plaza, sin heridas, sin enfermedades y sin dolor… ¿de qué agonía hablamos? Claramente, de las lesiones que le han causado al animal en el ruedo. Para quienes tienen dos dedos de frente: si no hay enfermedad terminal, no se necesita morir dignamente.
Independientemente –y le disguste a quien le disguste–, las corridas este año cambiaron. El toro no muere a la vista de los espectadores, pero muere “tras bambalinas”. Claramente les cambió la “fiesta” a los taurinos, quienes disfrutaban con este tercio aún más sádico que los anteriores, en donde el toro herido –y no por uno, sino por varios hombres–, que ya se ahoga en su propia sangre, está hiperventilado y no tiene fuerzas para intentar eludir los ataques o defenderse, es atravesado por una espada de casi un metro de longitud y que muchas veces, lejos de terminar con su agonía, atravesaba sus pulmones y otros órganos vitales, dando paso a una muerte por ahogo en su propia sangre.
Los taurinos hablan de amor por los toros… ¿cómo alguien puede destruir la vida de un animal –maravilloso e imponente– de esa manera y autodenominarse amante de los toros?
“El gran negocio antitaurino”
Fuera de dar información que les ayude a “persuadir” a sus lectores y a los “amantes de los toros”, ya dan patadas de ahogado. Su última joyita es “el gran negocio antitaurino”.
Muy lejos de enojarme o causarme rabia –supongo que la intención del artículo fue causar malestar en los antitaurinos–, su publicación me dio lástima. Lástima, porque ya no saben a qué recurrir para sacar a flote la feria y la tauromaquia.
¿Quién, en su sano juicio, recurre a artilugios de calaña tan baja como hablar del “gran negocio antitaurino”?
Aún no sé dónde está el negocio o a quién le pido mi parte del “botín”. Soy antitaurina por convicción, porque amo la vida y también por mi cultura del respeto a los animales.
Se menciona en el artículo que los animalistas fomentamos “la compra no solo de mascotas, sino además de toda una extensa gama de productos para su cuidado, su alimentación y su mantenimiento, incluyendo asistencia psicológica, pomposos entierros y hasta costosísimas clonaciones”.
Señores, no solo los antitaurinos consideramos a las mascotas como parte de la familia… muchas familias ecuatorianas –que no clonan a sus mascotas y no les pagan psicólogos– se preocupan por ellas, no solamente los antitaurinos. ¿O ustedes tienen mascotas y no las alimentan?
Yo no sé si ustedes dejan de comprarle comida al animal de compañía que tienen en sus familias. Yo, si adquiero una responsabilidad como la adopción de una mascota, me preocupo de ella, tal como lo hago por mis hijos o por cualquier otro ser humano del cual soy responsable. Si están enfermos, los llevo al médico; si mueren, los entierro, porque son parte de mi familia… y lejos de fomentar la compra de mascotas, los animalistas fomentamos la adopción como medio para tener una.
Los animalistas protegemos a cualquier ser que no tiene la capacidad de defenderse de los tratos injustos y vejaciones. Pregúntenles ustedes a los animalistas e incluso a los antitaurinos si es que en una situación de maltrato hacia un niño, mujer o anciano se quedan de brazos cruzados. La respuesta siempre será un no.
Háganle la misma pregunta a un taurino.
“Una sociedad fatua“
El Diario Hoy ha tenido la desfachatez de generalizar que los antitaurinos queremos que se acaben las corridas de toros porque son una fiesta extranjera. Señores, otra vez… –mientras escribo, creo que necesito a un ilustrador para que lo entiendan–, nosotros no queremos acabar con las corridas de toros porque son extranjeras, sino porque el maltrato al animal, el sufrimiento innecesario que padece no se justifica ni por el “arte”. Una sociedad sana no necesita espectáculos sangrientos para satisfacer las necesidades culturales o las expresiones de arte. El circo romano, las crucifixiones, ¡incluso el holocausto nazi! podrían verse dentro del repertorio cultural de sus respectivos pueblos, pero dejaron de existir porque la razón –o la fuerza– pudo más que la insaciable y enfermiza sed de sangre.
Cierto es que algunos antitaurinos tienen fundamentos débiles y hasta ridículos. Lo nuestro no es una moda, no es una venganza ni una actitud política. Lo que nosotros queremos es que se termine con el maltrato hacia cualquier animal, sobre todo de aquellos actos que se excusan en bases inexistentes ante el raciocinio humano. Si se implementaran las “corridas de rinocerontes” –animales majestuosos y muy fuertes– seguramente los noveleros asistirían. Otros en cambio, nos espeluznaríamos por tal barbarie.